sábado, 17 de abril de 2021

Un día tan feliz...

 Apenas despuntaba el alba por detrás de las torres KIO, cuando Isabel Díaz Ayuso ya se estaba enfundando unas mallas ajustadas, las zapatillas de correr y ese aburrimiento de mascarilla que los petardos de los médicos insistían en que había que llevar puesta a todas horas. Hoy iba a ser un día especial. Su equipo de campaña le había preparado el rodaje de su principal spot electoral, en el que aparecería corriendo hacia la Libertad por los lugares más emblemáticos de la Comunidad de Madrid. Así que se arregló bien el pelo y salió de su lujosa casa en el centro de la capital, donde la esperaba su vehículo oficial.


Comenzó su recorrido por el majestuoso Hospital de Pandemias Enfermera Isabel Zendal, todo un prodigio de la ingeniería y la arquitectura española construido en tiempo récord. Pasó despacito por delante del hospital, y acompañada de sus escoltas en un discreto segundo plano, regocijándose en los múltiples aplausos que recibía de los ciudadanos anónimos que paseaban en ese momento por allí. ¡Que se jodan los chinos!, pensó. Su hospital era mucho mejor que esos antros asiáticos donde morían por millares los amarillos sin que su gobierno totalitario lo reconociera a la comunidad internacional.

Por un momento se le pasó por la cabeza desplazarse por los barrios más humildes y obreros del sur de la capital, como Orcasitas o Vallecas, pero desechó rápidamente la idea. Allí abundaban los vagos, maleantes, gandules, drogadictos y sus camellos, delincuentes, rojos, inmigrantes borrachos y maltratadores con familias desestructuradas, bolcheviques tatuados violentos, manteros sindicalistas y demás gentuza. Además, estaba todo muy sucio. No se le había perdido nada por allí. Si alguna buena familia radicada allí quería progresar, debía salir de ese estercolero.

Así que se dirigió allí donde se sentía más a gusto, más querida y aclamada: Salamanca, Chamberí. Chamartín, Pozuelo, Boadilla... Era aclamada y vitoreada a cada zancada. Todo el mundo quería abrazarla, besarla, estrecharle la mano, hacerse selfies con ella... Los dueños de los bares y restaurantes salían a saludarla, los ojos empañados en lágrimas de emoción, a agradecerle el poder haber salido adelante en esos meses tan duros. En la calle Núñez de Balboa incluso lanzaban pétalos de flores desde sus balcones al paso de Isabel, mientras sonaba de fondo el Canon de Johann Pachelbel. Isabel estaba en su zénit, en su momento álgido. Iba a barrer a la izquierda de la Asamblea de Madrid como si nunca hubieran existido, y pensaba mandar a higienizar sus sillones con zotal para limpiarlos bien del hedor a socialismo.

Llegada la hora de comer, almorzó con sus asesores más próximos en el bar Diamante de Atocha el clásico bocadillo de calamares con mayonesa, casi tan castizo como ella. Se sentía feliz. En Madrid se respiraba Libertad por los cuatro costados, y a ella le gustaba mezclarse con la gente sencilla, del pueblo (siempre y cuando fueran personas de orden y de bien, limpias, con el pelo correctamente cortado y vestidas de forma decente, como Dios manda). Últimamente proliferaba mucho por Madrid escoria maloliente, con el pelo pintado de violeta o enseñando los pechos al aire, equipados con perros, flautas y bolas de malabares, que molestaban a los pacíficos ciudadanos que pasean con sus familias. ¡Qué asco! Algún día tendrían su merecido, si no en esta vida en la siguiente.

Por la tarde quedaba lo mejor. Tenía una cita en un hotel discreto del Norte con su pareja de amantes, Santiago Abascal e Iván Espinosa de los Monteros. Juntos practicaban un "menage a trois", una orgía salvaje y muy patriótica en la que desataban sus más bajos instintos sexuales. Isabel era una experta dominatrix. Bondage y BDSM, placer sin límites que solo podía ser posible en el paraíso de la Libertad que era Madrid.

Y para la noche quedaba su afición y pasión oculta, su vicio inconfesable. Se puso su armadura brillante con restos secos de sangre (de otros), sus garras, su pelo cardado de bruja, y se juntó con sus compañeros de equipo: los hercúleos Abascal y Espinosa, su reciente fichaje el asesino Toni Cantó, su jefe Pablo Casado, corredor ágil de mente y de cuerpo, y un grupo de chavales de Nuevas Generaciones a los que sus padres, amantes de la gloriosa Historia de España, habían puesto nombres de reyes godos: Pelayo, Leovigildo, Hermenegildo, Recaredo, Ataúlfo y Sigerico. Todos ellos iban a partir la pana esta temporada. Formaron un gran círculo de amistad neoliberal, y gritaron emocionados al unísono: ¡Comunismo o Libertad!

Comenzaba la V Liga de Blood Bowl de Azar Aleatorio.





2 comentarios:

  1. Puro realismo mágico. Una distopía capitalista que para muchos es un sueño húmedo. Lo mejor, los comentarios sobre esos subhumanos, los rojólogos pobretones de barrio proletario, que para deshonra del orgullo patrio, pueblan nuestra antaño gloriosa nación. El toque pornográfico también muy destacable. Arriba España!!!

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